sábado, 4 de julio de 2009

UN "GRAN HERMANO" UN POCO BESTIA

Por el título seguro que pensarán que voy a hablar de la nueva edición de ese programa televisivo infecto, pero en realidad quiero hablarles de otro "gran hermano". El que protagonizaron ocho presos en 1.870, durante su viaje por las lejanas tierras de Tasmania, y que se quedó solo en experimento.

Empecemos con una fuga. Ocho presos que cumplían condena en el penal situado en la isla de Sarah, cerca de puerto Macquerie, en Tasmania, consiguieron un bote de remos, un hacha de leñador, y comida para una semana. Aprovechando un descuido de los guardias, se hacen a la mar, con la mala fortuna de que el bote se rompe y tienen que llegar a nado a la orilla. Alexander Pierce, Alexander Dalton, Thomas Bodenham, William Kennerly, Matthew Travers, Brown Edward, Robert Greenhill y John Mathers llegan a la orilla con la intención de dispersarse en la primera ciudad que se encuentren por el camino, o incluso llegar al otro extremo de la isla y largarse a China. Lo malo era que no sabían que la población más cercana estaba a 250 kilómetros de distancia, y ante ellos se extendía un paraje desolador.


Los días fueron pasando, la comida se fue acabando, y los ocho amigos ya no lo eran tanto. El terreno no albergaba ninguna clase de animal comestible, al menos no les faltaba el agua, pero la situación se hacía insostenible. Greenhill, el más bravucón del grupo, dijo en una ocasión: "como esto siga así, nos tendremos que comer entre nosotros". Al principio no le hicieron mucho caso, pero se formó un grupo en el que se encontraban, Pierce, Travers y Greenhill, los cuales decidieron matar a uno de sus "compañeros" para comérselo. Pero, ¿quién sería el elegido?. Y se fijaron en Dalton, que había sido condenado por traidor, por chivato, por lo tanto tenía muchas papeletas de que les delatara si al final la policía británica les atrapaba (porque no hay que olvidar que ellos creían que les estaban persiguiendo de verdad). Así que Greenhill tomó el hacha, y le cortó la cabeza a Dalton.

¡Crajt!

Rápidamente Greenhill le abrió en canal, le extrajo el corazón, le dió un bocado, y mientras los seis hombres le miraban, solo acertó a decirles: ¿queréis un poco?. Horrorizados por la visión de la boca chorreante de sangre, se apartaron, alguno incluso llegó a vomitar. Greenhill y Travers se pusieron a trabajar el cadaver, y a comer algo; al día siguiente, el hambre hizo que los demás también se dispusieran a alimentarse del pobre Dalton.

Aquí tengo que hacer un pequeño inciso. La carne humana contiene proteínas animales, como cualquier carne, por lo que calma el hambre, pero no contiene hidratos de carbono, por lo tanto, la carne humana no alimenta en absoluto. Al comer dejaban de tener hambre, pero al poco tiempo, volvían a estar hambrientos.

El cuerpo de Dalton les duró una semana, y por aquellos parajes no se veía a ningún animal, no había rastros de civilización. Y a Greenhill le volvió a entrar hambre. Brown y Kennerly, al ver la situación, y temiendo ser los siguientes en ser devorados, pusieron tierra de por medio y huyeron como locos amparados por la oscuridad de la noche. Los otros, ante el temor de ser delatados y volver a presídio, les persiguieron por aquellos parajes, pero en vista de que les llevaban demasiado terreno, los cinco decidieron pasar de ellos y seguir en otra dirección. Unos dicen que llegaron a una población y murieron de agotamiento y de pánico; otros creen que el terreno inhóspito se encargó de ellos.

El caso es que Greenhill seguía teniendo hambre, y mientras Bodenham caminaba silenciosamente con el grupo, Grenhill se colocó detrás de él y de un hachazo le cortó la cabeza de forma limpia, mientras el resto oyó un sonido bastante peculiar.

¡Crajt!

Los cuatro se abalanzaron sobre el cadáver como perros de presa. Delante de ellos, las montañas Tiers occidentales les observaban.


Comieron con la esperanza de recuperar fuerzas para afrontar el paso de esas montañas, pero en el fondo sabían que esa situación era temporal, y que si no encontraban ningún signo de civilización, tendrían que comerse a otro de sus compañeros. Y todos sabían quién era el siguiente: Mathers. El más callado, el más pacífico, el único creyente del grupo. Pues poco a poco Greenhill le fue cogiendo odio, y unos días después de la muerte de Bodenham, mientras el bueno de Mathers estaba buscando unas raíces para comer, se escuchó el sonido fatídico:

¡Crajt!

El golpe no fue todo lo bueno que debía, ya que Mathers se dió cuenta de la presencia de Greenhill y consiguió ladear la cabeza en el último momento. Pobre Mathers. Se está desangrando. Pierce y Travers le dicen que se resigne, que su suerte está echada, y que lo mejor es que Greenhill le remate para evitar mayores sufrimientos. El moribundo pide que, al menos, le dejen rezar una última plegaria, y se la conceden porque, en el fondo, eran buenas personas. Cuando Mathers termina de rezar, Greenhill le asesta otro hachazo en el cuello:

¡Crajt!

Tras hartarse de comer y preparar el cadaver para el viaje, los tres hombres que quedaban de aquel grupo de ocho continuaron caminando. "Que pesado es comer siempre carne humana, ¿no?", le dijo Greenhill a Pierce, quien poco a poco veía que se estaba quedando sin amigos. Pero los días pasaban, y no conseguían salir de quel paisaje desolador, no encontraban nada que llevarse a la boca, y sé lo que estais pensando: Greenhill volvió a tener hambre. Pues sí, por las noches no paraba de afilar su hacha. Aún así, los tres no querían comerse entre ellos, se habían hecho auténticos amigos, incluso Travers se lesionó un tobillo y Greenhill le llevaba a cuestas para no abandonarlo a su suerte. Pero sucedió lo inevitable. Travers y Greenhill discutieron una noche, y unas horas después, aprovechando que Travers dormía, Greenhill le cortó la cabeza de un hachazo:

¡Crajt!

A la mañana siguiente, Pierce se encontró a Greenhill desayunando. Sin pensarselo dos veces y sin pedir explicaciones, él también comenzó a devorar a Travers. Ahora solo quedaban dos, y por delante el terreno infernal de Tasmania. Durante ocho días, caminaban uno al lado del otro, siempre vigilándose, siempre alerta, incluso no dormían, porque tenían la certeza de que el otro les mataría y se haría un asado con su carne. Greenhill era el más corpulento y fuerte, y tenía el hacha, pero Pierce era astuto y rápido. Uno de los dos tenía que caer, y en la octava noche, Greenhill no pudo más y se durmió. Pierce se acercó a él con mucha rapidez, le quitó el hacha, Greenhill intentó reaccionar y...

¡Crajt!

Y aquí tenemos a Alexander Pierce comiéndose la pierna derecha de Greenhill. Tras poner la otra pierna a secar al sol, hartarse de comer, de descansar y preparando lo que podía transportar, siguió caminando. Menos mal que se encontró con un pastor, y no necesitó seguir matando a más congéneres para poder sobrevivir. Lo malo es que se intaló allí, y un par de meses más tarde fue detenido de nuevo robar en las granjas de los alrededores, y lo llevaron de nuevo a la misma prisión de la que se escapó. Nadie se creía que un irlandés, un ciudadano del Imperio Británico pudiera comerse a un semejante, es más, creyeron que se inventó esa historia para cubrir a sus compañeros evadidos, pero Pierce se fugó en compañía de otro preso, un tal Thomas Cox. Cuando la patrulla de policías que fueron tras ellos lograron darles alcance, se encontraron el cadaver de Cox, y al lado, a Pierce con un trozo de brazo en la mano, la boca ensangrentada y restos de carne humana en sus bolsillos.

Alexander Pierce fue condenado a muerte y ahorcado el 19 de julio de 1824. Su cabeza se conserva y se puede ver hoy día en la Academia de Ciencias Naturales de Filadelfia, y quién sabe si espera el momento propicio para hincarle el diente a algún turista...

Esta historia, y otras muchas, fueron contadas por el gran Juan Antonio Cebrián en su programa "La Rosa de los Vientos", e incluida en su libro "Psicokillers, asesinos sin alma". Si pueden, escuchen el relato de Alexander Pierce, ya que se encuentra por ahí (incluso en la mula), junto a otros relatos, en los llamados "Pasajes del Terror" del señor Cebrián. Sirva esta entrada como homenaje a un gran hombre que nos dejó hace ya dos años y que muchas personas aún seguimos echando de menos.

1 comentario:

Dr.Cataclismo dijo...

Pues este post a mi me ha dado hambre...¿Donde habre metido el hacha?